Jane Eyre

Jane Eyre

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El señor Saint John vino solo en una ocasión: me miró y afirmó que el estado de letargo era la reacción de mi cuerpo a un agotamiento excesivo y prolongado. Consideró que no hacía falta avisar a un médico: estaba seguro de que la naturaleza se las apañaría mejor sola. Dijo que mis nervios habían llegado al máximo de su resistencia y que ahora todo el sistema debía guardar reposo absoluto durante un tiempo. No estaba enferma, por lo que suponía que, en cuanto descansara, me recuperaría enseguida. Transmitió estas opiniones en pocas palabras, con una voz grave y serena, y añadió, después de una pausa, y en el tono de un hombre poco acostumbrado a la espontaneidad, «que mi rostro, aunque sin duda singular, no revelaba la menor vulgaridad o signos de una vida indigna».

—Más bien al contrario —respondió Diana—. Para ser sincera, Saint John, la pobre me da muchísima pena. Ojalá pudiéramos ayudarla para siempre.

—Es poco probable —replicó su hermano—. Verás como se trata de una damisela que ha reñido con sus amigos y ha abandonado a los suyos en un arrebato. Tal vez, si se aviene a colaborar, podamos ayudarla a volver con ellos. Sin embargo, por algunas líneas de su rostro me atrevería a decir que se trata de una muchacha obstinada. —Se dedicó a observarme durante unos minutos y sentenció—: Parece una persona sensata, pero, desde luego, no es hermosa.


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