Jane Eyre

Jane Eyre

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—Está enferma, Saint John, no lo olvides.

—Enferma o sana, nunca será bella. Sus rasgos carecen de gracia y de armonía.

Al tercer día me sentía mejor y al cuarto ya era capaz de hablar, moverme, incorporarme en la cama y cambiar de postura. Hannah me trajo una taza de caldo y una tostada, y deduje que debía ser la hora del almuerzo. Comí con ganas: la comida era buena, libre de aquel regusto de fiebre que acompañaba a todos los alimentos que había probado en los últimos días. Cuando la mujer me dejó sola, me sentí mucho más fuerte y animada; al cabo de un rato me cansé de tanto reposo y deseé un poco de acción. Me apetecía levantarme, pero no sabía qué ponerme. Solo tenía el vestido mojado y lleno de barro, el mismo que había arrastrado por el suelo y hundido en los páramos. Me daba vergüenza aparecer de esa guisa delante de mis anfitriones. Prefería ahorrarme la humillación.






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