Jane Eyre

Jane Eyre

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Sobre una silla al lado de la cama estaban todas mis cosas, limpias y secas. El traje de seda negra colgaba en la pared: limpio y planchado, tenía un aspecto bastante decente. También habían cepillado los zapatos y lavado las medias hasta dejarlos al menos presentables. En la habitación había también todo lo necesario para el aseo, y un peine. El proceso de vestirme fue largo y fatigoso: tenía que descansar cada cinco minutos, pero al final logré completarlo. Había perdido peso y la ropa me venía grande, pero conseguí disimularlo con un chal, y una vez recuperado el aspecto limpio y respetable —sin rastros de suciedad ni signos del desaliño que tanto odiaba y que me parecía tan degradante—, descendí por una escalera de piedra, apoyada en la baranda, hasta llegar a un estrecho pasadizo de techo bajo que conducía a la cocina.

El aroma a pan recién hecho y el calor de un fuego generoso llenaban la estancia. Hannah estaba junto al horno. Todo el mundo sabe que los prejuicios se aferran más a las personas que no han sido suavizadas por el abono de la educación: crecen en ellas, firmes como la mala hierba entre las piedras. Hannah me había tratado con altivez y frialdad al principio; en los últimos días, sin embargo, había empezado a aflojar un poco la tirantez, y esa tarde, cuando me vio entrar, aseada y bien vestida, sus labios casi sonrieron.


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