Jane Eyre

Jane Eyre

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—Vaya, ¿ya se ha levantado? —dijo—. Eso es que ya está mejor. Siéntese en mi silla, al lado de la lumbre.

Me señaló una mecedora y yo me senté. Ella no paraba de dar vueltas por la cocina, pero de vez en cuando me observaba de reojo. Volviéndose hacia mí, me dijo bruscamente mientras sacaba algunas barras de pan del horno:

—¿Ya mendigaba antes de venir aquí?

Durante un momento me sentí indignada, pero recordé que toda muestra de ira quedaba fuera de lugar: al fin y al cabo, creía que trataba con una vagabunda. Le respondí, pues, con una tranquilidad no exenta de firmeza:

—Se equivoca si cree que soy una mendiga. No lo soy más que usted o cualquiera de las señoras de esta casa.

—No la entiendo —dijo después de una pausa—: usted no tiene casa, ni plata, ¿o sí?

—La carencia de casa o de plata… creo entender que se refiere al dinero, ¿no es así?… no me convierten en una mendiga en el sentido que usted le da a ese término.

—¿Es usted muy leída? —preguntó al instante.

—Sí, mucho.

—Pero ¿no fue mucho a la escuela?


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