Jane Eyre
Jane Eyre El viejo Rivers, me dijo, era un hombre muy sencillo, pero un caballero, y su familia era tan antigua como la que más. Marsh End había pertenecido a los Rivers desde su construcción, que tuvo lugar «hace al menos doscientos años, aunque entonces era un lugar humilde y pequeño, nada comparable con el caserón del señor Oliver allí, en Morton Vale. Pero ella recordaba al padre de Bill Oliver en la época en que este era un fabricante de agujas; en cambio, el nombre de los Rivers se remontaba a la época del rey Enrique, como cualquiera podía comprobar si se molestaba en mirar el registro de la iglesia de Morton». Sin embargo, tenía que reconocer que el viejo señor era «un individuo corriente, nada del otro mundo: aficionado a la caza y al ganado, y cosas por el estilo». La señora era distinta: había sido una gran lectora, una mujer muy estudiosa; y sus retoños habían salido a ella. Nunca hubo nadie como ellos en aquellos lares: a los tres les gustaba estudiar, casi desde que tuvieron capacidad de hablar, y siempre habían «ido por libre». Cuando el señor Saint John se hizo mayor quiso ir al seminario para ordenarse sacerdote, y las niñas se vieron obligadas a buscar empleo como institutrices tan pronto como salieron del colegio: le dijeron que su padre había perdido prácticamente todo su dinero por culpa de un hombre en quien había confiado y que le había llevado a la ruina. Por lo tanto, ellas debían buscarse el sustento. Habían pasado muy poco tiempo en casa en los últimos tiempos y ahora estaban viviendo allí durante unas semanas debido a la muerte de su progenitor, pero se sentían muy a gusto en Marsh End y en los páramos y colinas que la rodeaban. Habían estado en Londres y en muchas otras ciudades grandes, pero siempre decían que no había sitio mejor que el hogar. Además, se llevaban tan bien… Nunca se peleaban ni discutían. No conocía a ninguna otra familia cuyos miembros estuvieran tan unidos.