Jane Eyre

Jane Eyre

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La voz de Diana sonaba a mis oídos como el arrullo de una paloma. Era una delicia mirarla a los ojos, todo su rostro rebosaba encanto. El semblante de Mary revelaba también una gran inteligencia: sus rasgos eran igualmente bellos, aunque su expresión era más reservada y sus maneras, aunque amables, eran un poco más distantes. Diana miraba y hablaba con un tono de autoridad, y resultaba evidente que era una persona enérgica. En mi naturaleza estaba el sentir placer al ceder ante un temperamento dispuesto como el suyo y el doblegarme, hasta donde me lo permitía mi conciencia y el respeto por mí misma, ante una voluntad tan firme.

—¿Y qué está haciendo aquí? —prosiguió—. Este no es su sitio. Mary y yo nos sentamos de vez en cuando en la cocina porque nos gusta sentirnos libres y cómodas en nuestra casa, pero usted es una invitada y como tal su lugar está en el salón.

—Estoy bien aquí.

—¡No puede ser! Con Hannah dando vueltas todo el rato y llenándola a usted de harina…

—Además, el fuego arde aquí con demasiada fuerza para usted —añadió Mary.

—Por supuesto —confirmó su hermana—. ¡Pórtese como una chica obediente y venga con nosotras!

Y, sin soltarme de la mano, hizo que me levantara de la silla y me condujo hasta la habitación contigua.


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