Jane Eyre

Jane Eyre

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—Siéntese aquí —dijo, guiándome hasta el sofá—, mientras nos ponemos cómodas y nos encargamos del té. Este es otro de los privilegios que nos gusta disfrutar en esta casita del páramo: prepararnos la comida cuando nos apetece, o cuando Hannah está ocupada con el pan, la plancha o la colada.

Cerró la puerta y me dejó a solas con el señor Saint John, que estaba sentado frente a mí. En las manos sostenía un libro o un periódico. Contemplé primero la sala y luego examiné con atención a su ocupante.

Era un salón de dimensiones reducidas y amueblado con sencillez, pero tan limpio y ordenado que resultaba confortable. Brillaba la madera de las sillas, pasadas de moda, y la mesa de castaño también relucía como un espejo. Colgados en las paredes desconchadas había retratos antiguos de hombres y mujeres de otros tiempos, y en el interior de un aparador con puertas de cristal podían verse algunos libros y un viejo juego de porcelana. No había en la estancia ningún adorno superfluo, ni un solo mueble en buen estado a excepción de un par de cajas de costura y un pequeño secreter de palisandro que estaban sobre la mesita auxiliar. El resto, incluyendo la alfombra y las cortinas, tenía un aspecto gastado aunque se conservaba bien.


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