Jane Eyre
Jane Eyre El señor Saint John —sentado tan inmóvil como el protagonista de una de las polvorientas pinturas de las paredes, con la mirada fija en la página que estaba leyendo y los labios apretados— resultaba alguien fácil de observar. No habrÃa sido más sencillo si se hubiera tratado de una estatua en lugar de un hombre. Era joven, debÃa de rondar los veintiocho o treinta años, alto y delgado. Su rostro llamaba la atención: recordaba a un busto griego de rasgos muy puros. TenÃa una nariz recta y hermosa, y la boca y el mentón eran propios de un ateniense. Apenas podÃa calificarse como un rostro inglés aquel semblante de lÃneas tan clásicas. No me extrañaba que se hubiera sorprendido al contemplar mis rasgos irregulares siendo los suyos tan armoniosos. TenÃa los ojos grandes y azules, con pestañas oscuras, y su frente alta, blanca como el marfil, quedaba parcialmente oculta bajo unos descuidados mechones rubios.