Jane Eyre

Jane Eyre

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Es una descripción bastante amable, ¿no es así, lector? Pues pese a ello, no podía decirse que aquel individuo poseyera una naturaleza gentil, tierna, vulnerable, o ni tan siquiera plácida. Aunque en ese momento parecía relajado, percibí que había algo en las aletas de su nariz, en la boca o en las cejas, que indicaba una cierta falta de sosiego, un aire de dureza o de desazón. No me dirigió la palabra ni me lanzó una sola mirada hasta el regreso de sus hermanas. Diana, que iba de un lado a otro enfrascada en la preparación del té, me trajo un pastelillo recién sacado del horno.

—Cómalo ahora —me dijo—, debe estar hambrienta. Hannah dice que solo ha tomado un poco de caldo desde el desayuno.

No lo rechacé porque se me había despertado el apetito. Entonces, el señor Rivers cerró su libro, se acercó a la mesa y, mientras tomaba asiento, fijó sus azules y solemnes ojos en mí. Su mirada directa, firme e inquisitiva, indicaba que se había propuesto evitarme justo hasta ese momento.

—Tiene usted mucha hambre —comentó.

—Sí, señor.

Siempre he tendido a dar respuestas concisas a los comentarios breves, a contestar a las preguntas directas con simplicidad.


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