Jane Eyre
Jane Eyre —Debe reconocer que es una situación extraña para alguien de su edad.
Su mirada se puso directamente en mis manos, que seguÃan dobladas sobre la mesa. Me pregunté que buscarÃa en ellas y sus palabras no tardaron en aclarar mis dudas.
—¿No ha estado casada? ¿Es usted soltera?
—¡Por Dios, John! —se rió Diana—. Si no tiene más que diecisiete o dieciocho años.
—Estoy a punto de cumplir los diecinueve. Y no, no me he casado.
Sentà que el rubor se extendÃa por mis mejillas: la alusión al matrimonio despertaba en mà amargos e inquietantes recuerdos. Todos percibieron esta turbación. Diana y Mary apartaron la mirada, deseando ahorrarme la vergüenza de saber que acababa de revelar mis sentimientos, pero la mirada de su hermano, frÃa y severa, siguió horadándome hasta lograr que las lágrimas regaran el rubor.
—¿Cuál fue su última dirección? —preguntó entonces.
—Estás siendo demasiado inquisitivo, Saint John —murmuró Mary en voz baja, pero él se apoyó en la mesa y su aguda mirada me comunicó sin resquicio de duda que esperaba una respuesta.