Jane Eyre

Jane Eyre

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—Como puede ver, a mis hermanas les gusta tenerla en casa —intervino Saint John—, y cuidarla exactamente igual que a un pajarillo herido que hubiera entrado por la ventana empujado por una ventisca de invierno. En cambio, yo me siento más inclinado a buscarle el modo de ganarse la vida y puedo asegurarle que me esforzaré para lograrlo. Sin embargo, no olvide que mis posibilidades son limitadas. No soy más que el titular de una parroquia rural, así que la ayuda que pueda proporcionarle será más bien modesta. Si usted es de esas personas tendente a despreciar las cosas pequeñas, busque apoyo en instancias más elevadas.

—Ella ya ha dicho que está dispuesta a hacer cualquier cosa honesta para la que se sienta capacitada —respondió Diana en mi lugar—, y sabes de sobra, Saint John, que no tiene a ningún amigo que la ayude: se ve obligada, por tanto, a soportar a personas tan quisquillosas como tú.

—Seré modista, o trabajaré como criada si hace falta —respondí.

—Muy bien —dijo el señor Saint John fríamente—. Si es así, prometo ayudarla, cuando llegue el momento y a mi manera.

Y entonces retomó la lectura del libro que había ocupado su atención antes del té. Yo no tardé en retirarme: llevaba levantada y hablando más tiempo del que permitían mis débiles fuerzas.


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