Jane Eyre

Jane Eyre

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—No hace falta que tenga tanta prisa por saberlo —dijo él—. Antes que nada, seamos claros: no tengo nada provechoso que sugerirle. Así que, antes de proseguir con las explicaciones, recuerde por favor esta clara advertencia: la ayuda que puedo prestarle es la misma que un ciego ofrecería a su perro. Soy un hombre pobre: una vez haya liquidado las deudas de mi padre, todo mi patrimonio se reducirá a esta granja en ruinas, a la fila de abetos, a los campos estériles que rodean la casa, a los tejos y los arbustos que crecen frente a ella. Nadie me conoce: el nombre de Rivers es muy antiguo, pero solo quedan tres descendientes de su linaje. De ellos, dos deben ganarse el sustento entre extraños y el tercero se considera a sí mismo un extranjero en su propio país natal, tanto en la vida como en la muerte. Pese a todo, se considera afortunado y no aspira más que a oír las palabras «Levántate y sígueme» cuando el Jefe supremo de la iglesia de la que es el más humilde de sus miembros se dirija a él después de que la cruz de la separación de sus ataduras carnales le caiga sobre los hombros.

Saint John dijo estas palabras en el mismo tono que usaba en sus sermones, con una voz tranquila y profunda, las mejillas pálidas y fuego en la mirada.



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