Jane Eyre

Jane Eyre

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Hizo la pregunta a toda prisa. Parecía esperar una respuesta indignada o cuanto menos un comentario desdeñoso. Aunque había logrado adivinar algunos de mis sentimientos, ignoraba cuál sería mi reacción ante su propuesta. No se podía negar que era muy humilde, pero me concedía un techo donde resguardarme y eso era lo que yo quería: un refugio. Era un trabajo duro, pero, comparado con las tareas de una institutriz en una casa rica, me dotaba de independencia; el temor de servir entre extraños penetró en mí como un punzón de acero. No había nada innoble, ni bajo, ni mentalmente degradante. Tomé una decisión.

—Le agradezco el ofrecimiento, señor Rivers, y lo acepto de todo corazón.

—Pero lo ha entendido bien, ¿no es así? Será una escuela rural: sus alumnas serán niñas pobres, las crías del pueblo; como mucho, hijas de los granjeros. Todo lo que tendrá que enseñarles será a coser, a hacer punto, a leer, a escribir y las cuatro reglas. ¿Qué hará con todos sus conocimientos? ¿Qué hará con su cultura, sus sentimientos y sus gustos refinados?

—Guardarlos para mejor ocasión. Sobrevivirán.

—¿Sabe a lo que se enfrentará?

—Lo sé.

Sonrió, y esta no fue una sonrisa amarga ni triste, sino rebosante de placer y de gratitud.


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