Jane Eyre

Jane Eyre

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—Iba a decir apasionada, pero quizás habría malinterpretado esa palabra y la habría tomado como una ofensa. Quiero decir que los afectos y simpatías humanas ejercen una gran influencia en usted. Estoy seguro de que no puede estar contenta durante mucho tiempo pasando sus ratos de ocio en soledad y dedicando sus horas de trabajo a una labor monótona absolutamente carente de estímulo. Del mismo modo que yo tampoco puedo ser feliz —añadió, con un marcado énfasis— viviendo aquí, enterrado en un páramo y tras las rejas de estas montañas. Va en contra de la naturaleza que Dios dispuso para mí: mis facultades, concedidas por el cielo, se están paralizando hasta devenir inútiles. Sé que resulta difícil de entender que alguien como yo, que predicaba la satisfacción con las cosas más humildes y justificaba en nombre del servicio a Dios tareas tan nimias como las de los leñadores y las de aquellos que vacían los pozos, en mi calidad de ministro suyo, me vea corroído por emociones como la inquietud y la impaciencia. Bien, supongo que de alguna forma hay que conciliar los principios de uno con sus tendencias naturales.

Tras estas palabras, salió de la sala. Aunque en esta hora escasa había aprendido más de él que en todo el mes anterior, su carácter seguía siendo un enigma para mí.


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