Jane Eyre

Jane Eyre

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En ese momento sucedió algo que, dictado por el destino, venía a probar aquel viejo refrán que dice que «las desgracias nunca vienen solas» y a añadir a sus miserias esa gota que hace rebosar la copa ya llena. Saint John pasó por delante de la ventana: iba leyendo una carta. Entró en la habitación.

—Nuestro tío John ha muerto —anunció.

La noticia sobresaltó a las dos hermanas, aunque no las afectó ni las entristeció. Sus ojos expresaban más seriedad que aflicción.

—¿Muerto? —repitió Diana.

—Sí.

Ella dirigió una inquisitiva mirada a la cara de su hermano.

—¿Y bien? —preguntó en un tono de voz muy bajo.

—¿Y bien qué, Diana? —replicó él con los rasgos tan inmóviles como si hubieran sido tallados en mármol—. ¿Y bien qué? Nada. Lee…

Tiró la carta sobre el regazo de su hermana. Ella le echó un vistazo y se la pasó a Mary. Esta la leyó en silencio y la devolvió a manos de Saint John. Los tres se miraron y luego esbozaron una sonrisa lánguida y pensativa.

—¡Amén! Seguiremos viviendo igual —dijo Diana al fin.


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