Jane Eyre
Jane Eyre Cae la tarde. Acabo de despedir, con una naranja como paga, a la pequeña huérfana que me hace de doncella. Estoy sola, sentada frente al fuego. Esa mañana había abierto las puertas de la escuela por primera vez. Asistieron veinte alumnas, de las que solo tres saben leer, ninguna es capaz de escribir o de contar, algunas saben hacer punto y unas pocas tienen nociones básicas de costura. Hablan con el acento más marcado de la región. La verdad es que de momento tenemos problemas para entendernos entre nosotras. Las hay maleducadas, ariscas e intratables, además de ignorantes; pero otras son dóciles, tienen ganas de aprender y evidencian una disposición que me complace. No debo olvidar que estas campesinas andrajosas son tan de carne y hueso como los vástagos de los mejores linajes, y que en ellas puede anidar la semilla de la finura, de la inteligencia y de la bondad, exactamente igual que en los niños de buena familia. Es mi deber hacer crecer estas semillas y estoy segura de que intentarlo me hará feliz. No espero grandes alegrías de la vida que se abre ante mí, aunque no me cabe duda de que, si domino mis pensamientos y ejerzo mis capacidades como es debido, será lo bastante satisfactoria como para resistir día a día.