Jane Eyre

Jane Eyre

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Y mientras palmeaba con suavidad la cabeza del animal, inclinándose con encanto frente al joven y rígido caballero, vi cómo el rubor invadía el rostro de este último: entornó los ojos, como deslumbrado ante un fuego repentino, y parpadeó con irresistible emoción. Arrebatado por la pasión, su rostro era tan bello como el de la dama; el pecho le temblaba, como si el corazón, harto de sufrir los efectos de una constricción despótica, se hubiera rebelado y ensanchado, en un intento enérgico por conseguir la libertad. Pero él lo dominó, creo, de la misma forma en que un jinete experto doblegaría a un potro encabritado. No hizo ademán de responder a las frases amables que le dirigían.

—Papá dice que ahora ya nunca viene a vernos —prosiguió la señorita Oliver, alzando la cabeza—. Ya casi no le conocemos en Vale Hall. Él está solo esta tarde y no se encuentra muy bien: ¿por qué no vuelve conmigo y le hace una visita?

—No creo que sea una hora razonable para irrumpir en casa del señor Oliver —respondió Saint John.




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