Jane Eyre
Jane Eyre —¡Una hora razonable! Pero si yo le invito es que lo es. Es precisamente cuando papá necesita compañÃa: ahora que el trabajo ha terminado y ningún otro asunto de negocios le ocupa la mente. Venga, señor Rivers. ¿Por qué es usted tan tÃmido y sombrÃo? —Ella misma se contestó a la pregunta ante el silencio de Saint John sacudiendo la cabeza como si acabara de hacer un descubrimiento asombroso—: Lo olvidaba… ¡Soy tan desconsiderada e irresponsable…! Entiendo que tiene usted buenas razones para no unirse a mi charla: Diana y Mary se han ido, Moor House ha sido cerrada, y usted está solo. Siento mucha pena por usted. Acompáñeme a ver a papá.
—Esta noche no, señorita Rosamond. Esta noche no.
El señor Saint John contestó como un autómata; solo él sabÃa el esfuerzo que le costaba rechazar aquella propuesta.
—Muy bien. Si se empeña en mostrarse obstinado, le dejo. No me atrevo a estar mucho más tiempo fuera de casa, y ya empieza a anochecer. ¡Buenas tardes!
Ella le tendió la mano; él se limitó a rozarla.
—¡Buenas tardes! —repitió él en un tono de voz tan profundo como un eco.
Ella se volvió, pero regresó al cabo de un momento.
—¿Está usted bien? —preguntó.