Jane Eyre
Jane Eyre Por un momento me pareció apreciar cómo el labio inferior del señor Saint John sobresalía y el superior se contraía. Lo cierto es que había tensión en su boca, y la parte inferior del rostro iba revelando una severidad atípica a medida que la chica hablaba. Él dejó de observar las margaritas para mirarla a ella. Era una mirada inquisitiva, implacable y llena de significado. Ella la respondió con otra carcajada, una risa que realzaba su juventud, su belleza, sus hoyuelos y el resplandor de sus ojos.
Puesto que la actitud de él seguía siendo seria y silenciosa, ella optó por acariciar a Carlo de nuevo.
—El pobre Carlo sí que me quiere —dijo la joven—. Él no se muestra severo y distante con sus amigos. Si supiera hablar, estoy segura de que no permanecería callado.