Jane Eyre
Jane Eyre Noté que me convertía en una de las personas más apreciadas del pueblo. Cuando salía a la calle, oía saludos cordiales por todas partes y la gente me recibía con sus mejores sonrisas. Vivir rodeada de cariño, aunque fuera el de gente trabajadora, es como «sentarse bajo el sol en un día sereno y suave»: la calma interior mana y florece bajo sus rayos. Durante esta época de mi vida, mi corazón estaba más pletórico de satisfacción que hundido en la tristeza. Y, sin embargo, lector, no quiero ocultarte nada: a menudo, pese a la serenidad y al convencimiento de que llevaba una vida útil, después de pasar un día ejerciendo la enseñanza entre mis discípulas y de disfrutar de una tarde de soledad dedicada a la lectura o el dibujo, las sombras de la noche perturbaban mi descanso en forma de sueños. Eran sueños de muchos colores, turbulentos, rebosantes de anhelos, apasionados y tempestuosos; sueños que transcurrían en lugares ignotos, llenos de aventuras arriesgadas y escenarios románticos, en los que una y otra vez, en el momento más desesperado, volvía a encontrarme con el señor Rochester. La sensación de estar en sus brazos, de oír su voz y de cruzarme con su mirada, de acariciarle la mano y la mejilla, de amarle y de ser amada por él, hacía revivir en mí con la misma intensidad de antes la esperanza de pasar toda la vida a su lado. Luego llegaba el despertar, la conciencia de dónde estaba y de la cruda realidad de mi vida, y me levantaba de la cama temblorosa y sollozando. La noche, serena y silenciosa, se convertía entonces en el único testigo de esa desesperación convulsiva, de esos arrebatos de pasión. A la mañana siguiente, recobrada la dignidad y la compostura, abría puntualmente la escuela a las nueve, lista para enfrentarme a las obligaciones del día que empezaba.