Jane Eyre

Jane Eyre

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Rosamond Oliver mantuvo su palabra de venir a visitarme. Solía acercarse a la escuela a media mañana, cuando cabalgaba por los alrededores. Llegaba hasta la puerta subida en su poni, seguida por un criado vestido con librea también a caballo. Nadie puede imaginar una aparición más exquisita que la de esa muchacha, enfundada en un traje de color violeta, con la gorra de terciopelo negro típica de las amazonas dispuesta con gracia sobre los largos rizos que besaban sus mejillas y le acariciaban los hombros. Era así como entraba en aquel rústico edificio y contemplaba las hileras que formaban las niñas del pueblo. Su aparición solía coincidir con la clase diaria de religión que impartía el señor Rivers. Me temo que la mirada de la recién llegada atravesaba el corazón del joven pastor. Una especie de sexto sentido parecía avisar al caballero de su entrada, incluso cuando no podía verla. Aunque tuviera los ojos fijos en un punto alejado de la puerta, sus mejillas se encendían cuando ella cruzaba el umbral, y sus rasgos de mármol, a los que jamás concedía un momento de respiro, cambiaban de manera indescriptible, y esa misma inmovilidad delataba con más fuerza el fervor reprimido que cualquier otro gesto o cualquier otra mirada.




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