Jane Eyre
Jane Eyre Ella era consciente del efecto que producía, por supuesto. En realidad, él no podía ocultárselo. Pese su estoicismo cristiano, la mano le temblaba y los ojos centelleaban cuando la joven se acercaba a hablarle con una sonrisa alegre, alentadora, e incluso cariñosa. Él parecía decir, con su mirada triste y decidida ya que no con palabras: «Te amo y sé que tú también me quieres. No callo por miedo al fracaso. Sé que aceptarías mi corazón si te lo ofreciera, pero ese corazón ya ha sido depositado en un altar sagrado y se ha dispuesto la hoguera alrededor. Pronto de él no quedarán más que restos de ceniza».