Jane Eyre
Jane Eyre La señorita Oliver también solía honrar mi hogar con frecuentes visitas. Llegué a conocer su carácter a la perfección, un carácter que, por otro lado, tampoco disimulaba: era coqueta, pero no cruel; exigente, aunque no egoísta. La habían malcriado desde su nacimiento, pero no puede decirse que la hubieran estropeado del todo. Era impulsiva, pero tenía buen corazón; orgullosa (¿quién no lo sería viendo en el espejo a todas horas una imagen tan hermosa?), pero no afectada. De talante liberal, nunca presumía de su riqueza. Era ingenua, bastante inteligente, alegre, vivaz e irreflexiva. En definitiva, aunque resultaba una muchacha encantadora incluso para un observador imparcial de su propio sexo como yo, no podía decirse que hubiera en ella nada profundamente interesante o susceptible de causar una gran impresión. Había una gran diferencia entre Rosamond y las hermanas de Saint John, por poner un ejemplo. Sin embargo, me agradaba casi tanto como me había agradado mi pupila, Adèle, con la salvedad de que una siempre desarrolla mayor cariño hacia un niño al que vigilas y cuidas que hacia un adulto.