Jane Eyre

Jane Eyre

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En cuanto a ella, me consta que yo le resultaba simpática. Una vez me dijo que le recordaba al señor Rivers (pese, puntualizó, «a no poseer ni una décima parte de su belleza, ya que, aunque yo era una persona agradable, él era un ángel»). De todos modos, compartía con él cualidades como la bondad, la inteligencia, la tranquilidad y la firmeza. No era, según ella, la típica maestra rural: estaba segura de que los avatares de mi vida, si salieran a la luz, podrían ser el argumento de una novela.

Una tarde en que con su habitual actividad frenética, tan típica de los niños, y su desconsiderada aunque no ofensiva curiosidad se dedicó a revolver los cajones del escritorio que había en mi pequeña cocina, se encontró con dos libros en francés, un ejemplar de Schiller y un diccionario de alemán, además de todo el material de dibujo. Allí descubrió un esbozo a lápiz de la cabeza de una niña, una de las alumnas, y varios paisajes del valle de Morton y de los páramos circundantes. Cuando consiguió salir de su asombro, dio muestras de una intensa y torrencial satisfacción.

«¿Había hecho yo esos dibujos? ¿Sabía francés y alemán? ¡Qué maravilla! Dibujaba mejor yo que su maestro de la mejor escuela de S… ¿Me importaría hacerle un retrato para su papá?»

—Con mucho gusto —repliqué.


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