Jane Eyre
Jane Eyre Y sentí la emoción que invade a todo artista cuando tiene la oportunidad de copiar de un modelo tan perfecto y radiante. Ese día ella llevaba un vestido de seda azul marino que le dejaba el cuello y los brazos al descubierto. Su único adorno eran los rizos de color castaño que le ondeaban libres sobre los hombros. Cogí una hoja de papel y tracé un esbozo con mucho cuidado. Me prometí a mí misma que le daría color y, como se estaba haciendo tarde, le dije que tendría que volver a posar otro día.
Fueron tales las alabanzas que contó a su padre que el mismo señor Oliver la acompañó la tarde siguiente. Era un hombre de mediana edad, alto, de rasgos acusados y pelo gris, al lado del cual su preciosa hija parecía una pequeña flor que hubiera crecido junto a la torre de un campanario. Daba la impresión de tratarse de un personaje taciturno e incluso orgulloso, aunque debo reconocer que conmigo fue muy amable. Los apuntes del retrato de Rosamond le gustaron mucho e insistió en que debía terminarlo. También insistió en que fuera a pasar una tarde con ellos a Vale Hall.