Jane Eyre

Jane Eyre

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Pensé que prefería estar donde estaba que en el seno de cualquier buena familia de Inglaterra. El señor Oliver habló del señor Rivers y de su familia con un gran respeto. Dijo que era uno de los apellidos de más raigambre de la zona, que sus antepasados habían sido personas muy ricas, que habían poseído prácticamente todo Morton, y que incluso ahora consideraba que el representante de la casa podía, si quisiera, contraer un buen matrimonio. Para él era una lástima que un hombre tan apuesto e inteligente se hubiera empeñado en ser misionero, malgastando en ello su vida. Me dio la impresión de que el señor Oliver no hubiera puesto ningún obstáculo al compromiso de Rosamond con Saint John. Era evidente que el caballero creía que el buen nombre del sacerdote, su honorable apellido y su sagrada profesión compensaban con creces la falta de fortuna.

Era cinco de noviembre, un día festivo. Mi pequeña criada acababa de irse después de ayudarme a limpiar la casa, contenta tras recibir un penique por su ayuda. Todo mi entorno brillaba impoluto: el suelo, la chimenea y los muebles. Yo también me había lavado y arreglado, dispuesta a pasar la tarde entregada a lo que me apeteciera.




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