Jane Eyre

Jane Eyre

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Mientras hojeaba con pasión las brillantes páginas de Marmion (ya que de Marmion se trataba), Saint John se inclinó para contemplar el dibujo. Su alta silueta se incorporó de golpe. No dijo nada y rehuyó mi mirada. Yo conocía bien lo que estaba pensando y su corazón fue para mí como un libro abierto. En ese momento, me sentí más serena y fría que él. Por tanto, y por una vez, le llevaba una cierta ventaja que tal vez me fuera útil para ayudarle de algún modo.

«Con tanta firmeza y tanto control de sí mismo —pensé yo—, está yendo demasiado lejos: encierra todo sentimiento y toda pasión; no expresa, confiesa ni comparte nada con nadie. Estoy segura de que le beneficiaría hablar un poco de la dulce Rosamond, con la que no piensa casarse. Le sonsacaré.»

—Tome asiento, señor Rivers —empecé.

Pero él me dio su respuesta habitual, que no podía quedarse. «Muy bien —me dije—, quédate de pie si lo prefieres, pero no pienso soltarte de momento. Estoy segura de que la soledad es tan mala para ti como para mí. Intentaré encontrar la puerta secreta hacia tus confidencias, excavar un agujero en ese pecho de mármol a través del cual verter aunque sea una gota del bálsamo de la comprensión.» Le pregunté:

—Entonces, ¿qué opina del retrato? ¿Cree que le hace justicia a la modelo?

—¿Justicia? ¿A quién? No me he fijado mucho.


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