Jane Eyre
Jane Eyre Y dejó sobre la mesa un ejemplar de reciente publicación: era un poema, una de esas creaciones genuinas que los afortunados lectores de esos días, la edad de oro de la literatura, teníamos la suerte de disfrutar. ¡No pueden decir lo mismo los lectores actuales! ¡Valor! No voy a detenerme ahora para acusar ni criticar a nadie. Sé que ni la poesía ha muerto ni el genio creador se ha perdido; ni Mammon, el dios fenicio del dinero, ha logrado ganarles la partida, dominarlos y esclavizarlos. Algún día, ambos afirmarán su existencia, su presencia, su libertad y su fuerza. ¡Ángeles que, poderosos, están a salvo en el cielo! Sonríen cuando triunfan las almas sórdidas y las débiles gimen por su destrucción. ¿Acaso la poesía ha sido destruida? ¿O el genio prohibido? ¡No! ¡No a la mediocridad! No dejéis que la envidia os convenza de ello. No, ellos no solo viven sino que reinan y redimen, y sin la divina influencia que extienden por todas partes estaríamos en el infierno, en el abismo de nuestra propia mezquindad.