Jane Eyre
Jane Eyre —Es idéntico a ella —murmuró—. ¡La forma de los ojos, la ligereza de los colores, la expresión! Es perfecto… ¡Y esa sonrisa!
—DÃgame, ¿le agradarÃa tener un dibujo como este o más bien serÃa una fuente de dolor? Cuando esté en Madagascar, en El Cabo o en la India, ¿la posesión de este objeto será un consuelo, o su visión traerá consigo recuerdos que le causarán inquietud y agitación?
Alzó los ojos furtivamente, me miró con la expresión confusa y perturbada, para volver a fijar los ojos en el retrato.
—No hay duda de que me gustarÃa tenerlo. Si serÃa o no sensato ya es otra cuestión.
Desde que tuve conciencia de los sentimientos de Rosamond, y de que su padre no se oponÃa al enlace, yo —menos exaltada en mis opiniones que Saint John— habÃa decidido aportar mi granito de arena con el fin de favorecer esa unión. TenÃa la impresión de que Saint John podÃa hacer el mismo bien a la humanidad invirtiendo la cuantiosa fortuna de los Oliver que agotando sus fuerzas y su inteligencia bajo los rayos de un sol tropical. Persuadida de ello, respondÃ:
—Tal y como lo veo, creo que lo más sensato es que se quedara con el original ahora mismo.