Jane Eyre

Jane Eyre

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Para entonces él ya se había sentado. Había dejado el retrato a un lado y, con las manos en la frente, lo observaba con ojos rebosantes de amor. Deduje que no estaba sorprendido ni enfadado por mi audacia: el hecho de que alguien planteara con franqueza un tema que él creía inabordable, poniendo el dedo en la llaga, comenzaba a resultarle un alivio inesperado. Las personas reservadas a menudo necesitan hablar de sus sentimientos y pesares con menos tapujos que los extrovertidos. Incluso el estoico más severo es en el fondo un ser humano, y por tanto «irrumpir» con atrevimiento y buena voluntad en el «silencioso mar» de sus almas constituye para ellos un inmenso favor.

—Ella le quiere, estoy segura —dije, mientras me levantaba e iba a apoyarme en su silla—, y su padre le respeta. Además, es una joven dulce, bastante irreflexiva, es cierto, pero usted tiene suficiente sentido común para los dos. Debería casarse con ella.

—¿Quiere decir que ella me quiere? —preguntó.

—Claro que sí. Más que a nadie. Habla de usted a todas horas; no hay tema que la haga disfrutar más ni que mencione con mayor frecuencia.

—Resulta muy agradable oírlo. Mucho… Prosiga durante un cuarto de hora más.

Y, tras quitarse el reloj, lo dejó encima de la mesa para medir el paso del tiempo.


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