Jane Eyre
Jane Eyre —¿Qué sentido tiene hablar de ello —pregunté— mientras usted se dedica con toda seguridad a preparar todo un discurso para contradecirme o a forjar una cadena de acero para trabar con ella su corazón?
—No me crea tan duro. Imagine en cambio que acabo cediendo, enternecido como me siento ahora. El amor humano mana en mi mente como una fuente fresca y su chorro inunda de dulzura todo el campo que durante años he preparado con tanto cuidado y tantos esfuerzos, sembrándolo asiduamente con las semillas de la buena intención y los planes de renuncia. Y ahora es engullido por una riada de néctar, los gérmenes emponzoñan los cultivos de un veneno delicioso. Me veo a mà mismo sentado en una otomana en el salón de Vale Hall a los pies de mi prometida, Rosamond Oliver. Ella me habla con esa voz tan dulce, inclina hacia mà esos ojos que tan bien ha plasmado en el papel y me sonrÃe con estos mismos labios de coral. Ella es mÃa; yo soy suyo. El presente, esta vida fugaz, es lo único que cuenta para mÃ. ¡Silencio! No diga nada: tengo el corazón rebosante de felicidad, mis sentidos han entrado en trance. Déjeme disfrutar en paz del tiempo de placer que me he concedido.
Respeté su deseo. El reloj avanzaba y él respiraba con el aliento entrecortado. Yo me mantuve callada. Transcurrido el cuarto de hora, guardó el reloj, dejó el dibujo sobre la mesa, se puso de pie y se acercó a la chimenea.