Jane Eyre

Jane Eyre

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—Bien —dijo él—, acabó el tiempo para el delirio y la ilusión. Apoyé las sienes en el cojín de la tentación, puse voluntariamente el cuello bajo su yugo de flores, y probé el delicioso vino de su copa. Pero la almohada ardía, había un áspid en la guirnalda y el vino tiene un sabor amargo. Sus promesas son vacías, lo que me ofrece es falso. Ahora lo sé y lo veo con claridad.

Le miré extrañada.

—Es curioso —prosiguió—: aunque estoy intensamente enamorado de Rosamond Oliver, aunque la amo con todo el arrebato de un primer amor, aunque el objeto de la pasión es exquisito, hermoso, lleno de cualidades y fascinante, experimento al mismo tiempo el absoluto y firme convencimiento de que ella no sería para mí una buena esposa. No es la compañera ideal, y estoy seguro de que lo descubriría en menos de un año de matrimonio, por lo que doce meses de pasión irían seguidos de toda una vida de arrepentimiento. Lo sé.

—¡Es ciertamente extraño! —La exclamación se me escapó sin poder evitarlo.

—Mientras que una parte de mí se muestra sensible a sus encantos, otra reconoce a la perfección sus defectos, y estos son de tal naturaleza que difícilmente pueden conciliarse con mis proyectos y las empresas que deseo acometer. ¿Rosamond como la sufrida y abnegada esposa de un misionero? ¿La esposa de un apóstol? ¡No!


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