Jane Eyre
Jane Eyre —Pero no es necesario que se haga misionero. PodrÃa abandonar ese proyecto.
—¡Abandonar! ¿Qué, mi vocación? ¿Mi gran empeño? ¿Los cimientos terrestres de una mansión celestial? ¿Las esperanzas de ser llamado entre los pocos que han renunciado a todas sus ambiciones por la gloriosa tarea de mejorar a la humanidad, de llevar el conocimiento al reino de la ignorancia, de sustituir la guerra por la paz, la esclavitud por la libertad, la superstición por la verdadera fe y el miedo al infierno por la esperanza del cielo? ¿Debo abandonar todo aquello que amo más que la sangre que me corre por las venas? Es mi misión, y dedicaré la vida a cumplirla.
Después de una larga pausa, dije:
—¿Y la señorita Oliver? ¿No siente compasión por su desengaño y su sufrimiento?
—La señorita Oliver vive siempre rodeada de pretendientes y aduladores. En menos de un mes mi imagen se habrá borrado de su corazón. Me olvidará, y con toda probabilidad se casará con alguien que la hará más feliz que yo.
—Habla con frialdad, pero este conflicto le hace sufrir. Ha perdido mucho peso.