Jane Eyre
Jane Eyre —Es usted alguien original —dijo él—, y no puede decirse que sea tÃmida. Hay algo valiente en su espÃritu, algo penetrante en su mirada. Pero permÃtame asegurarle que ha interpretado mal mis emociones. Usted las cree más profundas y potentes de lo que son. Me concede más comprensión de la que merezco. Cuando enrojezco y tiemblo delante de la señorita Oliver, no es por compasión sino por vergüenza. Me avergüenza la debilidad porque es indigna, una mera afección de la carne y no una convulsión del alma: soy como una roca firmemente plantada en las profundidades de un mar inquieto. Ya sabe que soy un individuo duro y frÃo.
Le sonreà con incredulidad.