Jane Eyre
Jane Eyre —No. Existe una diferencia entre mí y los filósofos deístas: creo en Dios y en el Evangelio, por lo tanto el epíteto pagano ya no puede aplicárseme. Soy un filósofo cristiano, un seguidor de la secta que fundó Jesús. Como su discípulo, adopto la pureza, la gracia y la bondad que dictó en su doctrina. Abogo por ellas y he jurado propagarlas. Dedicado desde muy joven a la religión, gracias a ella he cultivado mis cualidades originales: desde el mísero germen del afecto se ha desarrollado el árbol floreciente de la filantropía; desde las raíces salvajes de la rectitud humana, ha crecido la creencia en la justicia divina; de la ambición por ganar poder y celebridad para así satisfacer mi miserable amor propio, ha surgido el ansia de extender el reino del Señor, de lograr victorias en nombre de la cruz. Todo esto ha hecho por mí la religión: ha mejorado la materia prima que había en mí, podando y disciplinando mi naturaleza, pero sin poder erradicarla. Y no lo hará, «hasta que este ser mortal alcance la inmortalidad».
Una vez dicho esto, cogió el sombrero, que yacía en la mesa junto a mi paleta y dirigió una última mirada al retrato.
—Es encantadora —murmuró—. ¡Su nombre, Rosa del Mundo, es de lo más acertado!
—¿No desea que pinte uno para usted?
—Cui bono? No.