Jane Eyre
Jane Eyre Cubrió el retrato con la hoja de papel en la que yo solía apoyar la mano cuando pintaba para no ensuciar mi obra. No sabría decir qué es lo que vio en esta página blanca, pero algo atrajo su atención. La agarró y miró con fijeza el borde, y luego me lanzó una mirada peculiar que me resultó incomprensible: una mirada que daba la sensación de querer tallar en su memoria todos y cada uno de mis rasgos, de mi cuerpo y de mi vestido, porque me recorrió de arriba abajo certera como un relámpago. Sus labios se abrieron como si fuera a decir algo, pero algo le hizo cambiar de opinión y cercenó la frase.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—Absolutamente nada —fue su respuesta.
Y, volviendo a colocar el papel en su sitio, le vi cortar con sumo cuidado un pedacito del borde que ocultó en el interior del guante. Se marchó con un apresurado saludo.
—¡Vaya! —exclamé, y, recurriendo a una expresión popular, añadí—: ¡Raro como un perro verde!
Me puse a estudiar el papel con interés, pero no vi nada en él, excepto algunas manchas pringosas de pintura en los lugares donde había hecho pruebas con la tinta del lápiz. Medité sobre el misterio durante un par de minutos, pero fui incapaz de resolverlo. Finalmente, segura de que no podía tratarse de nada muy relevante, abandoné el esfuerzo y no tardé en olvidarlo.