Jane Eyre

Jane Eyre

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—¡Señor Rivers! —le interrumpí.

—Adivino lo que siente, pero reprímase un poco más. Estoy a punto de terminar: escúcheme hasta el final. No sé nada del carácter del señor Rochester, pero el hecho que conozco es que pidió en sagrado matrimonio a esta joven, y que fue en el mismo altar donde se descubrió que él ya tenía otra esposa, viva aunque con las facultades mentales perturbadas. De lo que sucedió luego y de cuáles fueron las propuestas del caballero no puedo hacer más que meras conjeturas, pero cuando un determinado acontecimiento obligó a localizar a la institutriz, se supo que se había marchado. Nadie pudo decir dónde, ni cuándo, ni cómo. Había abandonado Thornfield Hall de noche y toda búsqueda de su rastro resultó infructuosa: se registraron todos y cada uno de los recodos del bosque sin lograr ni la más mínima información al respecto. Y, sin embargo, la urgencia de hallarla era tal que aparecieron anuncios en todos los periódicos, y yo mismo recibí una carta de un abogado, el señor Briggs, en la que se me comunicaban los detalles que acabo de explicarle. ¿No cree que es una vieja historia?

—Solo quiero hacerle una pregunta —dije yo—. Y ya que sabe tantas cosas, estoy segura de que sabrá contestarla. ¿Qué ha sido del señor Rochester? ¿Dónde está? ¿Cómo se encuentra? ¿Qué hace? ¿Está bien?


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