Jane Eyre
Jane Eyre —Ignoro todo lo referente al señor Rochester: la carta solo le menciona para narrar ese intento fraudulento e inmoral del que le he hablado. SerÃa mejor que preguntara el nombre de la institutriz. La naturaleza del acontecimiento sucedido requiere su presencia.
—¿Nadie ha ido a Thornfield Hall? ¿Nadie ha visto al señor Rochester?
—Supongo que no.
—Pero ¿le escribieron?
—Por supuesto.
—¿Y qué dijo él? ¿Quién tiene sus cartas?
—El señor Briggs me comentó que la respuesta a su solicitud no estaba firmada por el señor Rochester, sino por una dama, Alice Fairfax.
Me quedé helada, invadida por el desaliento. Mis peores temores se hacÃan realidad: con toda probabilidad él habÃa abandonado Inglaterra, preso de la desesperación, hacia algún antiguo refugio de su primera estancia en el continente. ¿Qué droga encontrarÃa para paliar el sufrimiento? ¿En qué objeto precipitarÃa su pasión? No me atrevà a contestar. ¡Oh, mi pobre señor —una vez casi mi esposo— a quien a menudo llamé «mi querido Edward»!
—Tiene que tratarse de un hombre malvado —señaló el señor Rivers.
—Usted no le conoce, asà que absténgase de juzgarle —le dije acaloradamente.