Jane Eyre
Jane Eyre La dama que había hablado conmigo debía de rondar los veintinueve; la que se quedó parecía varios años más joven. La primera me dejó impresionada por su voz, su porte y su elegancia. La señorita Miller, en cambio, era más vulgar: rubicunda y con aspecto agobiado, lo hacía todo con las prisas de alguien que tiene múltiples obligaciones por cumplir. En realidad, su aspecto se correspondía a lo que más tarde descubrí que era: una profesora ayudante. La seguí a través de varias habitaciones, de corredor en corredor, a lo largo de un edificio enorme e irregular, hasta que abandonamos la quietud y el extraño silencio que caracterizaba a esa parte de la casa para sumergirnos en el murmullo de voces que procedían de un gran salón. En él había varias mesas grandes, dos en cada extremo, cada una provista de un par de velas. A su alrededor se sentaba una gran cantidad de chicas que iban desde los nueve años hasta casi los veinte. Vistas a la débil luz de las velas, el número de chicas se me antojó ingente, aunque la verdad era que no pasaban de ochenta. Todas llevaban el mismo uniforme: vestido marrón y un largo delantal. Era la hora de las tareas y el murmullo que se oía era el resultado de la repetición de la lección que susurraba cada una de ellas en voz muy baja.
La señorita Miller me indicó que tomara asiento en un banco cerca de la puerta. Después se encaminó hacia el extremo de la larga habitación y gritó: