Jane Eyre
Jane Eyre —¡Monitoras, recojan los libros y guárdenlos!
Se levantó una chica de cada una de las mesas y se dispuso a obedecer la orden.
—¡Monitoras, traigan las bandejas de la comida! —exclamó la señorita Miller.
Las mismas chicas salieron y regresaron al instante: cada una traÃa una bandeja llena de raciones de algo que no pude distinguir con claridad, además de una jarra de agua y una taza en el centro. Se repartieron las raciones; las que lo deseaban bebÃan un trago de agua, todas de la misma taza. Cuando llegó mi turno, bebà porque estaba sedienta, pero no pude probar la comida: los nervios y el cansancio me habÃan cerrado el estómago. Sin embargo, vi que se trataba de un pastel de avena cortado en finos pedazos.
Una vez terminada la comida, la señorita Miller leyó las oraciones; las chicas desfilaron hacia las escaleras y fueron subiendo por parejas. La fatiga acumulada me cerraba los ojos, asà que apenas me fijé en el dormitorio, aunque sà recuerdo que me pareció muy alargado, como el aula de estudio. Aquella noche dormirÃa con la señorita Miller, y ella me ayudó a desnudarme. Recorrà con la mirada las largas hileras de camas, que las chicas iban ocupando de dos en dos. En diez minutos la luz se extinguió y me dormà sumida en el silencio y la más absoluta oscuridad.