Jane Eyre

Jane Eyre

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Él afirmó con la cabeza.

—¿Mi tío John era también su tío John? ¿Usted, Diana y Mary son los hijos de su hermana, al igual que yo soy hija de un hermano suyo?

—Es un hecho irrefutable.

—Ustedes tres son, por tanto, mis primos: la mitad de nuestra sangre procede de la misma fuente.

—Sí, somos primos.

Le observé. Me pareció haber encontrado a un hermano —uno de quien poder sentirme orgullosa, a quien poder amar—, y a dos hermanas, de tan elevadas cualidades que ya cuando las consideraba dos extrañas habían despertado en mí afecto y admiración. Las dos chicas a las que había contemplado con una mezcla amarga de interés y desesperación, apostada en la ventana enrejada de Moor House con las rodillas sobre el suelo, eran mis verdaderos parientes, y el caballero joven y orgulloso que me había encontrado moribunda en el umbral de su casa llevaba mi misma sangre. ¡Qué descubrimiento tan glorioso para un alma solitaria! ¡Esto sí que era riqueza! ¡Riqueza para el corazón! Una fuente de afecto puro y hermoso. Era una bendición, brillante, vívida y estimulante, no como el legado económico, inesperado y bien recibido pero a la vez preocupante. Me dejé llevar por un arranque de alegría y aplaudí. El corazón me daba saltos y las venas parecían a punto de estallar.

—¡Estoy tan contenta, tan contenta…!


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