Jane Eyre

Jane Eyre

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Caminé deprisa por la estancia. Me detuve, medio ahogada por los pensamientos que me asaltaban con tanta rapidez que apenas podía acabar de comprenderlos del todo. Un torbellino de ideas acerca de lo que podía, debía y deseaba hacer. La pared blanca que tenía delante me pareció una sábana celestial salpicada de estrellas ascendentes, brillando con un propósito definido. Por fin podía beneficiar a esas personas que me habían salvado la vida, por quienes hasta el momento había sentido un amor estéril. Podía liberarlos del yugo que los oprimía; podía unirlos de nuevo, compartir con ellos la independencia y la abundancia. ¿No éramos cuatro? Veinte mil libras entre cuatro daban un total de cinco mil libras para cada uno, una cantidad que bastaba y sobraba. Debía hacerse justicia y asegurar la felicidad mutua. Ahora la riqueza ya no me pesaba sobre los hombros: ya no era un mero legado económico, sino una herencia portadora de vida, de esperanza y de alegría.

No sabría decir qué expresaba mi rostro mientras estas ideas me asaltaban el espíritu, pero enseguida percibí que el señor Rivers había colocado una silla detrás de mí e intentaba amablemente que tomara asiento en ella. También me advirtió que me serenara. No acepté la explicación que atribuía mi expresión a un mareo fruto de la emoción, le aparté la mano y reanudé mis rápidos paseos por la estancia.


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