Jane Eyre
Jane Eyre —Para mà —afirmé—, no es tanto un problema de conciencia como de sentimientos. Ahora que tengo la oportunidad de hacerlo quiero dejarme llevar por ellos. Aunque usted se opusiera, objetara y discutiera conmigo durante un año entero, yo no podrÃa renunciar al delicioso placer que ya he disfrutado durante un momento: la satisfacción de devolver parte de sus favores y de granjearme unos amigos para siempre.
—Usted piensa esto ahora —repuso Saint John— porque ignora lo que significa poseer, y aún menos disfrutar, de una fortuna; no puede hacerse una idea de la importancia que le darÃan veinte mil libras, del lugar que le permitirÃan ocupar en la sociedad, de las perspectivas que se abrirÃan ante usted. No puede…
—Y tú —le interrumpÃ, tuteándole de manera deliberada— no puedes imaginarte el anhelo que siento por disfrutar de un amor fraternal. Nunca tuve un hogar; nunca tuve hermanos, ni hermanas. Ahora que los tengo quiero mantenerlos. ¿O acaso no me aceptas como a tu hermana?
—Jane, yo seré tu hermano, y también Diana y Mary, sin que para ello debas renunciar a uno solo de tus derechos.