Jane Eyre

Jane Eyre

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El refectorio era una sala enorme y sombría, con el techo muy bajo. Sobre dos de las largas mesas humeaban recipientes que contenían algo caliente que, pese al hambre canina que me devoraba, desprendía un olor más bien repugnante. Las muestras de descontento se hicieron generales cuando el aroma de la comida llegó a las narices de quienes debíamos comerlo. Desde la cola de la procesión las chicas mayores expresaron su disgusto en voz alta:

—¡Qué asco! ¡Las gachas se han vuelto a quemar!

—¡Silencio! —exclamó una voz que no pertenecía a la señorita Miller sino a una de las profesoras de las mayores, una dama pequeña y morena, vestida con elegancia pero con cara de pocos amigos, que presidía una de las mesas, mientras que una mujer menos pretenciosa encabezaba la otra.

En vano busqué a la que había visto la noche anterior. La señorita Miller se sentó a los pies de la mesa donde yo estaba, y una dama con aspecto extranjero y de mayor edad —la profesora de francés, como descubriría más tarde— ocupó el asiento que quedaba libre en la otra mesa. Se dieron las gracias con una larga plegaria y se cantó un himno; una criada trajo una taza de té para cada profesora y dio comienzo el desayuno.


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