Jane Eyre

Jane Eyre

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Hambrienta y ansiosa, tragué un par de cucharadas de mi ración sin notar el sabor, pero, vencido el primer ataque de apetito, comprobé que el contenido del plato era una mezcla nauseabunda: las gachas quemadas son casi tan malas como las patatas podridas, imposibles de tragar aunque lleves días sin comer. Las cucharas se movían lentamente: las chicas probaban la comida e intentaban engullirla, pero en la mayoría de los casos los esfuerzos resultaban infructuosos. Se acabó el desayuno sin que nadie hubiera desayunado; se repitieron las gracias por lo que no habíamos recibido, y se entonó un segundo himno. Tras ello, abandonamos el refectorio para dirigirnos de nuevo a la sala de estudio. Fui una de las últimas en salir y, al pasar por las mesas, vi que una de las profesoras probaba una cucharada de gachas. Miró a sus compañeras y todas expresaron su disgusto. Una de ellas, la más robusta, exclamó:

—¡Esto es repugnante! ¡Qué vergüenza!







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