Jane Eyre
Jane Eyre Pasó un cuarto de hora antes de que dieran comienzo las clases. En ese tiempo un barullo infernal llenó la habitación. Parecía ser el único momento en que se nos permitía hablar en voz alta y con cierta libertad, y las chicas aprovechaban el privilegio. El tema de conversación no podía ser otro más que el desayuno, que fue ampliamente explotado. ¡Pobrecillas! Este era el único consuelo que les quedaba. La señorita Miller era la única profesora de la clase: un grupo de chicas se dirigió a ella y le habló en tono muy serio. Oí pronunciar el nombre del señor Brocklehurst, y vi que la señorita Miller movía los labios en un gesto de desaprobación, pero sin esforzarse demasiado por contener la indignación general que, sin duda, ella también compartía.
El reloj dio las nueve. La señorita Miller abandonó el círculo y gritó desde el centro de la sala:
—¡Silencio! ¡Tomen asiento!