Jane Eyre
Jane Eyre La disciplina se impuso: en cinco minutos el orden y un relativo silencio sustituyeron al babélico clamor de voces. Las profesoras ocuparon sus puestos, pero se mantuvieron inmóviles, como si esperaran algo. Erguidas frente a los bancos, las ochenta chicas permanecieron sentadas sin moverse, ofreciendo un extraño espectáculo: el pelo tirante peinado hacia atrás, sin que asomara un solo rizo; el uniforme marrón de cuello estrecho y con los bolsillos cosidos al delantal (que recordaban vagamente a las bolsas del traje típico escocés), destinados a cumplir la función de cartera. Todas llevaban medias de lana y zapatos resistentes provistos de una hebilla de latón. Alrededor de unas veinte chicas eran ya adolescentes, casi mujeres, pero el atuendo era tan extraño que lograba afear hasta a las más hermosas.
Seguí mirándolas, dividiendo mi atención entre las alumnas y las profesoras, cuyo aspecto tampoco me parecía atractivo en absoluto: la más gruesa me resultaba ordinaria, la morena más bien antipática y la extranjera denotaba una severidad que rozaba el ridículo. Y en cuanto a la pobre y agobiada señorita Miller, con la piel del rostro enrojecida y curtida por las inclemencias del tiempo, casi me daba pena. Fue en ese momento cuando, como si un mismo muelle las impulsara, todas, alumnas y profesoras, se alzaron a la vez.