Jane Eyre

Jane Eyre

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Lector, no puedo jurar que el tono y el sentimiento que acompañaron a estas palabras no contuvieran una nota de sarcasmo. Hasta el momento, al no comprenderle, había sentido por Saint John un respeto rayano en el temor. Me había tenido en ascuas porque dudaba de él: no era capaz de decir hasta dónde llegaba el santo y comenzaba el hombre. Pero en esta conversación afloraban las revelaciones: el análisis de su personalidad me llevaba a la verdad. Por fin, descubría sus flaquezas y las comprendía. Vi que, sentada entre los arbustos, estaba a los pies de la apuesta figura de un alma tan perdida como la mía. Cayó el velo que ocultaba la dureza y el despotismo, y eso me indicó que estaba ante un igual: la conciencia de sus imperfecciones me dio fuerza para discutir, para no dejarme convencer por argumentos que no veía correctos.

Él, mientras tanto, permanecía en silencio, y yo me arriesgué a levantar la mirada hasta su semblante. Sus ojos, fijos en mí, expresaban a la vez una mezcla de severidad, sorpresa e interés. Parecían preguntarse: «¿Ese sarcasmo va dirigido a mí? ¿Qué querrá decir?».





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