Jane Eyre
Jane Eyre —No olvidemos que estamos tratando un asunto serio —dijo finalmente—; la frivolidad es un pecado. ConfÃo, Jane, en que eres sincera cuando dices que estás dispuesta a entregar el corazón a Dios: eso es todo lo que deseo. Una vez hayas apartado tu corazón de los hombres y lo hayas puesto a los pies de tu Creador, el avance en la tierra del reino espiritual de ese Creador será tu mayor placer y el más arduo empeño. Estarás lista para realizar todo lo que sea necesario para lograr ese fin. Verás qué Ãmpetu dará a nuestros esfuerzos la unión fÃsica y mental que conlleva el matrimonio, la única unión que concede una permanente conformidad a los destinos y designios de los seres humanos. Una unión que, si pasas por alto los caprichos sin importancia, las dificultades triviales que nacen de los remilgos del sentimiento, todos esos escrúpulos relativos a la intensidad, el amor o la ternura surgidos de las meras inclinaciones personales, estarás deseosa de acometer.
—¿Tú crees? —pregunté.