Jane Eyre
Jane Eyre Y contemplé sus rasgos, hermosos por su armonía pero dominados por esa formidable solemnidad que les confería una severidad extrema: la frente exigente, pero no abierta; los ojos brillantes, profundos e inquisitivos, pero nunca dulces; la figura alta e imponente… Me imaginé siendo su esposa. ¡Oh, no! ¡Nunca saldría bien! Podría ser su compañera, su ayudante: en calidad de tal sería capaz de cruzar los océanos y asarme bajo el sol que arde en los desiertos asiáticos; admiraría y emularía su valor, su devoción y su vigor; aceptaría su dominio sin protestas; sonreiría imperturbable ante su inagotable ambición; separaría al cristiano del hombre, estimando profundamente a uno y perdonando al otro. Estar atada a él por esos lazos implicaría sin duda una vida dura: mi cuerpo estaría bajo un yugo estricto, pero mi corazón y mi alma serían libres. Me quedaría el recurso de volverme hacia mi propio interior, disponer de unos sentimientos sin ataduras con los que comunicarme en los momentos de soledad. La mente, solo mía, dispondría de una paz a la que él nunca podría acceder, y en ella crecerían los sentimientos, lozanos y sosegados, inmunes a la sequía de su austeridad y al ritmo marcial impuesto por su rígido paso. Pero, si fuera su esposa, si estuviese obligada a tenerle siempre al lado, siempre reprimida, siempre evaluada y forzada a sofocar la pasión que arde en mi naturaleza, a dejar que esas llamas me abrasaran por dentro y devoraran los órganos vitales sin lanzar un solo gemido de queja… No, eso sería insoportable.